Caballero Bonald, el hombre que trajo el Boom latinoamericano

«Conocí a García Márquez cuando yo vivía en Bogotá, en 1960. Él sólo había publicado entonces La hojarasca. Recuerdo que por esas fechas, Carmen Balcells -que acababa de montar su agencia literaria- me pidió que la informara sobre los que yo consideraba los mejores novelistas colombianos del momento. Le di tres nombres: Gómez Valderrama, García Márquez y Cepeda Zamudio. Luego, andando el tiempo, justo en 1967, estando yo en La Habana, me habló Pepe Rodríguez Feo -el fundador con Lezama Lima de la revista Orígenes– de una novela excelente que acababa de aparecer: Cien años de soledad. No la leí entonces, sino algo después, ya en Madrid, en un ejemplar que me dedicó el propio Gabo, en un bar en el que nos veíamos a veces cuando él pasaba por aquí, el del Hotel Tirol, en la calle Marqués de Urquijo. La novela me pareció muy bien, pero -dentro de la narrativa colombiana- yo casi prefiero La otra raya del tigre, de Gómez Valderrama».

José Manuel Caballero Bonald explicó así en EL MUNDO, en 2017, su relación con el libro que cambió la historia de la narrativa en español y cuyo éxito sólo fue posible gracias a su mediación. ¿Queda en su entrecomillado una gota de distancia? El recién fallecido Premio Cervantes recomendó a García Márquez y no a Cien años de soledad, siete años antes de que la historia de los Buendía encontrara a sus primeros lectores. En las historias del Boom de la narrativa latinoamericana de los años 60, las apariciones de Caballero Bonald tienen un significado parecido. El escritor jerezano es, a la vez un testigo íntimo pero escéptico de aquella edad de oro

 

El principio de la historia fue un viaje a Bogotá. Caballero Bonald, en los años 50, había intimado en Madrid con varios estudiantes colombianos y había creado los primeros contactos que le permitieron encontrar trabajo en América. Mario Laserna, el rector de la Universidad Nacional, lo contrató como profesor en el Departamento de Humanidades y Caballero Bonald pasó tres cursos, entre 1960 y 1962, en Bogotá. Allí fue padre por primera vez, escribió su primera novela, Dos días de septiembre, recorrió el curso del río Magdalena y colaboraró en el suplemento literario del diaio El Tiempo. «Trabajé más que nunca, sin problemas censorios ni económicos, enseñé literatura española, viajé por la selva y la sabana y entendí muy bien los procesos de agitación social. Me vinculé estrechamente a la cultura del país», contó en 1971 Caballero Bonald.

Y eso de la cultura del país incluía a Gabriel García Márquez, que, después de trabajar en una revista sensacionalista de Caracas, había vuelto a sus país para trabajar para la agencia Prensa Latina, la herramienta de información internacional de la reciente Revolución Cubana. La Bogotá de los círculos intelectuales no era tan grande como para que los dos escritores no se conocieran e intimaran.

«[Había decidido] no pisar tierra española mientras el general Franco estuviera vivo», explicó alguna vez García Márquez, marcado en su formación por los exiliados republicanos. «Fue una determinación tan drástica que una vez hice una escala técnica en el aeropuerto de Madrid y ni siquiera me bajé del avión, a pesar de la lucidez con que José Manuel Caballero Bonald había tratado de explicarme en Bogotá que la España eterna era tan cojonuda que continuaba siéndolo a pesar del general Franco».

Sus caminos volverían a cruzarse casi una década después, cuando Caballero y Gabo se reencontratron en la Barcelona del Boom. En esos años, el poeta andaluz ya había probado su talento como novelista. En 1961 terminó Dos días de septiembre, un retrato del sistema de castas de Jerez de la Frontera, y ganó con él el Premio Narrativa Breve, uno de los grandes altavoces de la nueva narrativa lationoamericana. El mismo premio que descubrió La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa al año siguiente. Caballero entraba así en el mundo de Carlos Barral, en el mismo ecosistema del Boom.

Su mirada fue en parte distante: nunca se creyó la cultura del Bocaccio y de la izquierda divina. Retrató a Barral en lo que tenía de petulante y de autodestructivo, igual que hizo con Jaime Salinas, otro de los personajes centrales de esa época. Viajó a Cuba en 1968 y antologó a los narradores de la primera década de la Revolución pero, en seguida se puso del lado de los desencantados de la Revolución y en contra de los fieles a Fidel Castro. Cuando supo del suicidio de Calvert Casey, un escritor cubano homosexual al que había incluido en su antología, Caballero Bonald tomó nota del acoso que había recibido de la Revolución

 

Pero también acertó en sus intuiciones. Por ejemplo, cuando insistió en presentar La casa verde, de Mario Vargas Llosa como un texto en el que lo importante era lo sensorial, el sonido de la selva que acompañaba al lector como ruido blanco. O cuando recordó que antes de Mario, Gabo y Donoso estuvieron Rulfo, Lezama Lima y Carpentier. Hoy, esa idea es bastante obvia; en su momento, no era tan sencillo comprender que el Boom no venía de la nada.

«La literatura escrita en lengua española, vengan de donde vengan sus autores, pertence obviamente a una especie de condominio cultural«, escribió también Caballero Bonald. Son palabras propias de un español que pasó con América con provecho y atención.

 

Compra de libros para enviar fuera de España ponerse en contacto : librosveaylea@gmail.com Descartar

Soporte al cliente
1
Hola, ¿puedo ayudarte con la librería? Te atenderémos a la mayor brevedad. Gracias por visitarnos.