Los discípulos de Hipócrates. Una historia de la Medicina

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Los discípulos de Hipócrates. Una historia de la Medicina recorre la historia del papel del médico a lo largo de las diferentes culturas y civilizaciones. Desde los sacerdotes clínicos y especialistas, los anatomistas y fisiólogos hasta el médico del mañana. Esta magnífica edición incluye un apéndice sobre la Medicina española.

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Descripción

Los discípulos de Hipócrates. Una historia de la Medicina de Kurt Pollak. Editorial Círculo de Lectores (Barcelona, 1970). Edición en cartoné con sobrecubierta, sexto volumen dentro de la colección editorial Enciclopedia General de la Cultura. 400 páginas.

Hoy día, el médico ocupa, tras el catedrático universitario, un lugar preeminente en la «jerarquía honorífica» de la República Federa Alemana. Así lo reveló una encuesta realizada por el Instituto Sociológico de la Universidad de Kiel para definir el valor estimativo de ciertos grupos profesionales ante la opinión pública. El médico es, sin duda, uno de los personajes más interesantes en la historia de la sociedad humana. Antaño, su suerte fue variable: unas veces, agraciado con honores deíficos y encumbrado a la clase sacerdotal o la nobleza; otras, relegado como esclavo o simple charlatán. Cada época tiene el médico que mejor le cuadra. El del Seguro Social es, por ejemplo, el más representativo de nuestros tiempos. La variante moderna del facultativo, tal como se le ha conocido durante seis mil años de historia médica, ha llegado a ser también un protagonista favorito de los públicos en escenarios teatrales y pantallas cinematográficas. El buen médico es científico y artista a un tiempo. Debe poseer el medio de curar y el arte de curar. El medio de curar es perecedero e inestable, el arte de curar es imperecedero e inalterable. Ahora bien, ¿cuáles son los atributos del buen médico? Ciertamente, ni la teoría ni la práctica los determinan. Hipócrates, Galeno y Paracelso no supieron nada de rayos X, antibióticos o inyectables y, sin embargo, fueron excelentes facultativos. Lo único que perdura es el arte médico, es decir, la compenetración con el enfermo y la localización intuitiva de sus padecimientos. Ahí estriba la similitud entre el buen médico sacerdotal de Egipto hace cuatro milenios, el errático descendiente de Esculapio dos mil quinientos años atrás y el sobresaliente doctor de nuestros días. El médico tiene una misión específica que fue y sigue siendo la misma por doquier en todas las épocas: asistir de palabra y obra al enfermo desorientado e indefenso. Pero un médico sólo puede ayudar al paciente; el alivio lo aporta la Naturaleza. Eso ya lo sabían los romanos, cuya máxima medicus curat, natura sanat (el médico asiste, la Naturaleza cura) no tiene mucha aceptación entre los cien-tíficos de esta actualidad nuestra tan envanecida de su progreso.

Prefacio del autor a Los discípulos de Hipócrates

 

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