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Lotería de Navidad: El Gordo en la literatura

Lotería de Navidad: El Gordo en la literatura. Desde Valle-Inclán a Borges, pasando por Julio Verne o Emilia Pardo Bazán, la lotería ha sido objeto de diferentes narraciones, muchas de ellas de nefasto final.

No hubiera existido «Charlie y la fábrica de chocolate» sin un premio. La celebérrima novela de Roald Dahl arrancaba con Charlie Bucket ganando un sorteo, sin el cual no habría historia, ni Willy Wonka, ni dulces mágicos. Los sorteos, como la Lotería de Navidad, tienen algo profundamente literario: el poder de cambiar la vida de un día para otro, de darle un golpe a la biografía de las personas, agitarlas, y cambiarles el rumbo vital. Quizás por eso, o porque en España se trata de una tradición bicentenaria, tan importante como los atracones de fin de año, la literatura patria (y extranjera) no ha permanecido ajena a esos números que reparten suerte (y pedreas) cada 22 de diciembre.

La gran aparición de la Lotería en la literatura española llega de la mano de Valle-Inclán, que la convirtió en un recurso narrativo de gran importancia en «Luces de bohemia». Max Estrella, el protagonista de la obra, compra un décimo de Lotería, que le cuesta «tres melopeas» que tiene que pagar con su capa, pues no tiene ni un céntimo en los bolsillos. El boleto al final resultó ganador, pero para entonces Max ya estaba muerto y el dinero se lo llevó su rastrero compañero Latino de Hispalis.

La presencia de la Lotería en el texto de Valle-Inclán refleja ese poso que ya tenía en el premio en la sociedad española. Pero además, el autor se vale de él para seguir explorando el rastrerismo ilustrado de sus personajes: canallas con formación y labia, pero sin moral alguna. Algo parecido ocurría, por cierto, en «El billete de lotería», el cuento de Antón Chéjov en el que un matrimonio, tras comprar un billete de lotería, imagina que hacer con el dinero, que todavía no habían ganado, pero por el que se pelean como perros de presa.

Quien no tuvo infortunios con los premios fue Voltaire, que pudo dedicarse a escribir gracias a lo que se embolsó con la lotería, a la que jugaba con método que había ideado su colega Charles Marie de la Condamine, y que básicamente consistía en comprar los todos los boletos que pudieran, aprovechándose de un error del Ministro de Finanzas, que había asociado el precio de los mismos a los bonos de la corona: una decisión que les permitía, por un tejemaneje mercantil, conseguir los boletos más baratos que el común de los mortales.

El revés de la suerte

La maldición de los premios se integra también el relato «Suerte macabra», de Emilia Pardo Bazán, que empieza ya dejándonos claro que el Gordo no es sinónimo de fortuna: «¿Queréis saber por qué Don Donato, el de los carrillos bermejos y la risueña y regordeta boca se puso abatido, se quedó color tierra y acabó muriéndose de ictericia? Fue que –oídlo bien– le cayó el premio gordo de Navidad, los millones de pesetas…». Todo lo contrario de lo que le ocurre a los personajes de «Un billete de lotería», de Julio Verne, que encuentran la felicidad en el número de un boleto.

Otra mujer, la estadounidense Shirley Jackson, maestra del terror, se sirvió de la idea del sorteo para crear uno de los relatos más macabros de la literatura reciente. En «La lotería», la autora cuenta la historia de un pequeño pueblo donde tienen un extraño ritual: cada año se hace un sorteo en el que se elige a una familia del lugar, y dentro de la familia se escoge a una persona, que ha de ser lapidada para asegurar una buena cosecha. Considerado como uno de sus cuentos más famosos, generó tal impacto en los lectores que Jackson estuvo recibiendo cartas con insultos y críticas durante mucho tiempo.

Más lejos se fue Borges para alumbrar su particular aportación a este subgénero. «La lotería en Babilonia» describe la evolución de la institución de la lotería en Babilonia, un lugar donde la vida se organiza en torno al riesgo, la incertidumbre ante lo que depara la suerte o lo que la Compañía [de lotería] decida, lejos de un orden de causas y efectos: «Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares». La lotería también: un infinito juego de azares y suerte, capaz de trastocar una vida, para bien o para mal, según dicte la ruleta.

 

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