los versos satanicos_rusdhie

Mil y una entrevistas

Mil y una entrevistas. Salman Rushdie es un mago maravilloso de la literatura, afín a la crónica periodística e historiador de profesión a quien sus padres también querían endilgarle que estudiara economía sin darle importancia a que era narrador desde niño

En febrero de 1989 –recién casado y luego del primer fracaso en mi intento por doctorarme de historiador en Madrid—nos bajaron de un avión de Iberia en Madrid por una amenaza de bomba. Los editores unidos de España habían editado el libro Los versos satánicos de Salman Rushdie y la necia fatwa que lo condenaba a muerte se extendía en el delirio fanático hacia las librerías, los editores, traductores, lectores e incluso, aviones que tuvieran algo qué ver con el mundo libre, allí donde se puede leer y decir lo que uno piensa sin necesidad de que lo condene o bendiga un anciano con cara de diablo que se creía santo. Iberia extendió una suma en compensación y con el dinero compré el libro de tapas azules que había provocado –felizmente—la posibilidad de conocer Amsterdam y luego, volar por KLM a México.
Casi tres décadas después he vuelto a cruzar el Atlántico, pero para encontrarme con Salman Rushdie, una luminosa inteligencia de contagiosa sensibilidad. Tardé casi treinta años para abrazarlo.
Si pudiera, pediría que la vida me brindara la oportunidad de conversar con Salman una vez a la semana y sumar mil y una entrevistas adicionales al torrente maravilloso de sapiencia, serenidad y paciencia de este Kalimán ilustrado y juntos reconocer tantas sincronías como cuando ayer en Monterrey pronunciamos en voz alta y al mismo tiempo la convicción de que Trump es un pendejo. Me habló de Rulfo y hablamos de García Márquez, evocamos a Fuentes y recordó a mi amigo Philippe Ollé-Laprune y hablamos de Paul Auster, Pete Hamill, Álvaro Enrigue y Juan Villoro y contó que Pushkin le regaló a Gogol la trama de Las almas muertas y contó chistes y hace bromas instantáneas y se ríe de la hermosa vida, ya sin el velo ominoso de la persecución pero con al apuntalada filiación por la libertad, la que le dio alas desde su infancia y adolescencia, la de sus libros antes de que le llegara la condena del odio y ahora que viaja en una alfombra mágica por encima del paraíso de las palabras donde a la sombra de una palmera me consuela considerarme su amigo… en un abrazo que dura tres décadas por haberlo leído. Es decir, mil noches y una noche, en vuelo sobre el océano.

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