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Muere el escritor israelí Amos Oz

El premio Príncipe de Asturias en 2007, famoso por sus críticas con los sectores más conservadores de su país, padecía cáncer

«Nací en Jerusalén y pasé allí el tiempo suficiente. Ahora necesito verla desde la distancia. Es una ciudad que atrae a fanáticos cristianos, musulmanes, judíos… Haciendo un símil cinematográfico, Tel Aviv es una película de Fellini y Jerusalén de Bergman», confesaba el autor a este corresponsal en octubre de 2015, cuando salió a la luz «Judas» (Siruela), su última novela. Esta relación de amor y odio con la ciudad santa era extensible a la que sentía por sus propios vecinos en un país en el que le tachaban de «traidor por oponerme a la ocupación», algo de lo que aseguraba sentirse «orgulloso».

A lo largo de aquella entrevista el teléfono fijo del domicilio del escritor sonó en varias ocasiones. Una de ellas fue para informarle de que el Nobel de Literatura volaba a casa de Svetlana Alexiévich y no a la suya… «Yo ya tengo suficientes premios para el resto de mi vida, si nunca recibo el Premio Nobel seguiré siendo un hombre satisfecho», reaccionó de forma inmediata.

Compartir un rato con Oz suponía tener acceso directo a la historia viva de Israel, al pasado y al presente de un país «que ahora mismo no me gusta nada», lamentaba el novelista, que debido a sus opiniones críticas con los sectores más conservadores recibía «amenazas de muerte e insultos». Abierto defensor de la solución de los dos estados, Oz censuraba en todos los foros a los que acudía y en cada entrevista la construcción de asentamientos en Cisjordania y alertaba del riesgo de la llegada al poder de los fundamentalistas de cualquier religión, incluida la judía. Literatura y política se mezclaban en cada minuto de la conversación en el duodécimo piso del apartamento en el que residía en Tel Aviv, un pequeño templo de la literatura con las paredes forradas de libros.

Amenazas de muerte

Benjamin Netanyahu, eje de las políticas que tanto censuraba Oz y objeto de muchas de sus críticas, lamentó la pérdida de «una figura muy importante para la lengua y literatura hebrea», aunque admitió «la diferencia de opiniones». La actual ministra de Cultura, Miri Regev, aseguró que «su trabajo y lo que ha dejado en nuestros corazones, resonará en todo el mundo».

El tono de voz de Oz era siempre reposado y sabía hablar con sus silencios. Bebía a sorbos café expreso con leche fría, servido en una pequeña taza de cerámica, y al repasar su vida recordaba una y otra vez que era un ciudadano israelí de más de 70 años, «que equivale a vivir 200 o 300 en otros países como Estados Unidos, por ejemplo». Pese a las amenazas recibidas y al auge de los sectores más fanáticos era un amante de un país que «por un lado me fascina y por otro me enfada, pero nunca podría dejarlo». Sólo el cáncer le ha podido separar de Israel.

Adicto a las noticias, la aparición de «Queridos fanáticos» coincidió con el ascenso al poder de dirigentes como Donald Trump. Compartía la polémica decisión del presidente estadounidense de trasladar su Embajada de Tel Aviv a Jerusalén, pero aseguraba que «estaría muy contento si no solo la Embajada de Estados Unidos, sino que todas las embajadas se trasladaran a la ciudad santa, pero por partida doble. Es decir, una representación en el oeste, capital de Israel, y otra en el este, capital de Palestina. No me gustaría morir sin ver incluso una embajada de Israel en Jerusalén oriental y otra de Palestina en la parte occidental, ambas legaciones a una distancia caminable». Un sueño que no podrá ver convertido en realidad.

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