Las mocedades del Cid

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Este autor nos presenta a Don Rodrigo en el momento en que Alfonso 1 de León lo arma Caballero, en presencia de Doña Jimena, la cual queda prendada de su gentileza y gallardía. Pero, de repente, ocurre lo imprevisible. Don Alfonso elige para ayo de su heredero a Diego Laínez, padre del Cid, ya valetudinario, y esta decisión ofende tan hondamente al Conde Lozano, padre, a su vez, de Doña Jimena, que ofuscado y herido en su dignidad lo abofetea delante del monarca.

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Las mocedades del Cid de Guillén de Castro. Editorial Círculo de Lectores (Barcelona, 1967). Edición en cartoné

La biografía del Cid hubiese quedado, pues, eternamente incompleta, si la imaginación no hubiese corrido en ayuda del biógrafo o del historiador. Partiendo, pues, del Romancero, nos encontramos con que, de golpe, esta figura salta a las tablas, por obra y gracia del valenciano Guillén de Castro. Este autor nos presenta a Don Rodrigo en el momento en que Alfonso I de León lo arma Caballero, en presencia de Doña Jimena, la cual queda prendada de su gentileza y gallardía. Pero, de repente, ocurre lo imprevisible. Don Alfonso elige para ayo de su heredero a Diego Laínez, padre del Cid, ya valetudinario, y esta decisión ofende tan hondamente al Conde Lozano, padre, a su vez, de Doña Jimena, que ofuscado y herido en su dignidad lo abofetea delante del monarca. Rodrigo, que en la obra de Castro aparece como hijo natural de Laínez, es a quien éste designa para vengar la afrenta. Y el conde muere en sus manos, con lo que plantea la problemática del humor y del deber, con el triunfo, que hoy nos parece lógico, pero que entonces no lo era tanto, del primero. Contar toda la trama que ha de llevarnos al feliz desenlace de esta obra, quizás única en nuestro teatro clásico, sería restarle la mayor parte de su encanto. Jimena es aquí una de las más complejas figuras femeninas que se hayan creado nunca, y reacciona como reaccionaría cualquier mujer de nuestros días. Llega incluso a con-fesar que el mayor castigo que puede infligírsele a Rodrigo es el que se case con ella; y cuando, para cumplir con la promesa que le hizo al rey al ser armado Caballero, parte Rodrigo contra la morisca, y es hecho prisionero, ve aumentado su amor, más que por la ausencia, por lo que ella imagina que sufre no viéndola. Liberado por una ingeniosa treta, y ya al servicio de Don Sancho, a quien el maltratado Laínez, superándose en su cargo de ayo, ha convertido en valeroso capitán, consigue el perdón de Jimena, y la sentencia definitiva de su rey, que es la de casarse con ella.

Juan Ruíz de Lariosen la introducción a Las mocedades del Cid.

 

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