Descripción
A favor del placer. La vida, la muerte, el placer, la sensualidad, falta hablar del amor y es curioso comprobar que en Verás el cielo abierto las grandes pasiones son siempre platónicas. Como las que despertaba Amparín Ranch, una belleza de La Vilavella que tenía muchos enamorados en el pueblo y algunos en Valencia. Con los calores del verano, Amparín se bañaba en una alberca rodeada de limoneros y naranjos en un huerto cerrado que sus padres tenían en las afueras del pueblo. Allí, al otro lado de la tapia, y sin ver nada, un corro de jóvenes se agazapaban para oír las risas y los chapuzones e imaginar a Amparín en traje de baño. También surge Marisa, personaje importante en su Tranvía a la Malvarrosa, una niña de Valencia que pasaba los veranos en el pueblo de Vicent y a la que no duda en definir como «la niña de ojos verdes que había suplantado en mi corazón el amor a la Virgen». Grandes amores sin el menor contacto carnal. ¿Quiere ello decir que Dante tenía razón?
Para qué servía el ser sincero. La respuesta está a lo largo de las 200 páginas de Verás el cielo abierto: para conocerse y conocerle mejor. En este relato de una vida en el que el presente y el pasado se entremezclan constantemente, y en el que las descripciones de ambientes y personajes escritas con sobriedad se funden con reflexiones personales, intransferibles, el afán de sincerarse desemboca, entre otras muchas cosas, en una figura del padre demoledora: omnipresente, autoritario, inflexible, como cuando decidió que el segundo de los hijos, Manuel, debería ser entregado a la Iglesia y lo envió a un sórdido caserón de curas sin la menor consulta al interesado, o como cuando, a la edad de 12 años, le rompió toda la colección de sus tebeos. Una figura terrible que en el relato de su último encuentro, ya con la muerte detrás de la esquina, desvela ternura y comprensión.












