Mi infancia

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Aquí se cuenta la historia de la accidentada infancia de Alexéi Pechkov, que más tarde se convertiría en Máxim Gorki, y de la paulatina e inexorable disgregación de su familia materna, los bestiales Kashirin.

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Mi infancia de M. Gorki. Editorial Progreso (Moscú, 1979). Edición en cartoné. 225 páginas.

Aquí se cuenta la historia de la accidentada infancia de Alexéi Pechkov, que más tarde se convertiría en Máxim Gorki, y de la paulatina e inexorable disgregación de su familia materna, los bestiales Kashirin. El relato tiene un comienzo triple, que anticipa los tres grandes asuntos que marcarán la vida del pequeño Lexéi. La muerte de su padre, Maxim Savvatiécich; la entumecida lejanía y la posterior ausencia de su madre, Varvara; y la presencia de la abuela Akulina, como la única fuerza capaz de explicar que el mundo conserve la consistencia necesaria para que el niño le camine encima.

Antes de su llegada era como si yo estuviese dormido; pero apareció ella, me despertó, me sacó a la luz, engarzó cuanto me rodeaba con un hilo sin fin, hizo con todo ello un policromado encaje y se convirtió, al instante, para toda la vida, en una amiga, en la persona más metida en mi corazón, a la que más comprendía y más amaba. Fue su desinteresado amor al mundo lo que me enriqueció, llenándome de fuerza para afrontar asperezas de la vida.

Así es que muerto su padre, Lexéi es acogido en casa de sus abuelos, en momentos en que se disputa allí la división de los bienes paternos entre los hermanos Mijaíl y Yákov. Y no es esta una disputa dialéctica, pues no faltan aquí las riñas y golpizas, las narices rotas, ni las amenazas mortales que si no se cumplen es únicamente debido a la pacificadora intervención de terceros. Así, Lexéi aprende –de la manera difícil- que en el mundo la violencia es ley natural. Allí los niños son golpeados hasta quedar inconscientes como castigo por sus travesuras; las mujeres pueden morir en silencio, cualquier noche, víctimas de la furia desatada de sus esposos; y los hijos adultos que sienten que sus reclamos son justo pueden echar fuego a la casa de sus padres. ¿Qué hay para hacer ante eso? Elevar los ojos al cielo y preguntar a razón de qué llegan tantas calamidades. (Fuente: Leo Cabrera en Club de catadores)

 

 

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